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El nacimiento de Afrodita. (William-Adolphe Bouguereau) |
Afrodita, diosa del
Deseo, surgió desnuda de la espuma del mar y surcando las olas en una venera
desembarcó en la isla de Citera; pero como le pareció una isla muy pequeña,
pasó al Peloponeso y, más tarde, a Chipre donde las Estaciones, hijas de Temis,
se apresuraron a vestirla y adornarla.
Afrodita era la vieja diosa mediterránea que
surgió del Caos y a la que también se conocía como Ishtar en Siria y Palestina.
Era, por tanto, una diosa extranjera, que llegó a Grecia pasando por la isla de
Citera, una etapa en la navegación entre Creta y el Peloponeso. Siempre estuvo
relacionada con el mar (nació de la espuma y llegó a Citera flotando sobre una
concha) y el amor (se la hace madre, entre otros, de Eros).
Una de sus leyendas más
conocidas es la que le hace intervenir en el juicio de Paris (ver Githio) donde
triunfa sobre Hera y Atenea; pero esta victoria le supuso embarcar a dos
pueblos, y a sí misma, en una guerra. Ella, a diferencia de Atenea, no tenía
cualidades guerreras (al contrario: ...brotaban
hierbas y flores dondequiera que pisase) por lo que, de su única
intervención en Troya salió levemente herida. Zeus se lo dijo bien claro: A ti, hija mía, no te han sido asignadas las
acciones bélicas: dedícate a los dulces trabajos del himeneo y deja que Ares y
Atenea se ocupen de aquéllas. (Ilíada).
Aunque el juicio de
Paris fue fraudulento, todos los dioses estaban de acuerdo en que Afrodita era
la más bella. Hasta Zeus, a veces considerado su propio padre, estaba enamorado
de ella, pero no queriendo cometer incesto y habiéndose dado ya tantas duchas
frías al estilo jesuítico, un día se enfadó y decidió vengarse casándola con el
más feo de los dioses, con el cojo Hefesto. Ella aceptó obedientemente, pero
luego lo engañaba con el apasionado Ares. Y el amorío, que al principio se
llevó con discreción, finalmente acabó llegando a oídos de Hefesto, y he aquí
lo que pasó contado por el mismo Homero:
Mas el aedo, pulsando la cítara,
empezó a cantar hermosamente los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona:
cómo se unieron a Hurto y por primera vez en casa de Hefesto, y cómo aquel hizo
muchos regalos e infamó el lecho marital del soberano dios. El Sol, que vio el
amoroso suceso, fue enseguida a contárselo a Hefesto, y éste, al oír la
punzante nueva, se encaminó a su fragua, agitando en lo íntimo de su alma
ardides siniestros, puso encima del tajo el enorme yunque y fabricó unos hilos
inquebrantables para que permanecieran firmes donde los dejara. Después que,
poseído de cólera contra Ares, construyó esta trampa, fuese a la habitación en
que tenía el lecho y extendió los hilos en círculo y por todas partes,
alrededor de los pies de la cama y colgando de las vigas, como tenues hilos de
araña que nadie hubiese podido ver, aunque fuera alguno de los bienaventurados
dioses, por haberlos labrado aquel con gran artificio. Y no bien acabó de
sujetar la trampa en torno de la cama, fingió que se encaminaba a Lemnos,
ciudad bien construida, que es para él la más agradable de todas las tierras.
No en balde estaba al acecho Ares, que usa áureas riendas, y cuando vio que
Hefesto, el ilustre artífice, se alejaba, fuese al palacio de este ínclito
dios, ávido del amor de Citerea, la de hermosa corona. Afrodita, recién venida
de junto a su padre, el prepotente Cronión, se hallaba sentada, y Ares,
entrando en la casa, tomóla de la mano y así le dijo: “Ven al lecho, amada mía,
y acostémonos, que ya Hefesto no está entre nosotros, pues partió sin duda
hacia Lemnos...” Así se expresó, y a ella parecióle grato acostarse. Metiéronse
ambos en la cama y se extendieron a su alrededor los lazos artificiosos del
prudente Hefesto, de tal suerte que aquéllos no podían mover ni levantar
ninguno de sus miembros, y entonces comprendieron que no había medio de
escapar. No tardó en presentárseles el ínclito Cojo de ambos pies, que se
volvió antes de llegar a la tierra de Lemnos, porque el Sol estaba en acecho y
fue a avisarle. Encaminóse a su casa con el corazón triste, detúvose en el
umbral y, poseído de feroz cólera, gritó de un modo tan horrible que le oyeron
todos los dioses: “¡Padre Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Venid a
presenciar estas cosas ridículas e intolerables: Afrodita, hija de Zeus, me
infama de continuo, a mí, que soy cojo, queriendo al pernicioso Ares porque es
gallardo y tiene los pies sanos, mientras que yo nací débil; mas de ello nadie
tiene la culpa sino mis padres, que no debieron haberme engendrado. Veréis cómo
se han acostado en mi lecho y duermen, amorosamente unidos, y yo me angustio al
contemplarlo. Mas no espero que les dure el yacer de este modo ni siquiera
breves instantes, aunque mucho se amen: pronto querrán entrambos no dormir,
pero los engañosos lazos los sujetarán hasta que el padre me restituya íntegra
la dote que le entregué por su hija desvergonzada. Que ésta es hermosa, pero no
sabe contenerse.” Así dijo, y los dioses se juntaron en la morada de pavimento
de bronce. Compareció Poseidón, que ciñe la tierra; presentóse también el benéfico
Hermes; llegó asimismo el soberano Apolo, que hiere de lejos. Las diosas
quedáronse, por pudor, cada una en su casa. Detuviéronse los dioses, dadores de
los bienes, en el umbral, y una risa inextinguible se alzó entre los
bienaventurados númenes al ver el artificio del ingenioso Hefesto. Y uno de
ellos dijo al que tenía más cerca: “No prosperan las malas acciones y el más
tardo alcanza al más ágil; como ahora Hefesto, que es cojo y lento, aprisionó
con su artificio a Ares, el más veloz de los dioses que posee el Olimpo, quien
tendrá que pagarle la multa del adulterio.” Así estos conversaban. Mas el
soberano Apolo, hijo de Zeus, habló a Hermes de esta manera: “¡Hermes, hijo de
Zeus, mensajero, dador de bienes! ¿Querrías, preso en fuertes vínculos, dormir
en la cama con la áurea Afrodita?”
Respondióle el mensajero Argifontes: “¡Ojalá sucediera lo que has dicho,
oh soberano Apolo, que hieres de lejos! ¡Envolviéranme triple número de
inextricables vínculos, y vosotros los dioses y aun las diosas todas me
estuviérais mirando, con tal que yo durmiera con la áurea Afrodita!” Así se
expresó, y alzóse nueva risa entre los inmortales dioses. Pero Poseidón no se
reía, sino que suplicaba continuamente a Hefesto, el ilustre artífice, que
pusiera en libertad a Ares. Y, hablándole, estas aladas palabras le decía:
“Desátale, que yo te prometo que pagará como lo mandas, cuanto sea justo entre
los inmortales dioses.” Replicóle entonces el ínclito Cojo de ambos pies: “No
me ordenes semejante cosa, ¡oh Poseidón que ciñes la tierra!, pues son malas
las cauciones que por los malos se prestan. ¿Cómo te podría apremiar yo ante
los inmortales dioses, si Ares se fuera suelto y, libre ya de los vínculos,
rehusara satisfacer la deuda?” Contestóle Poseidón, que sacuda la tierra: “Si
Ares huyere, rehusando satisfacer la deuda, yo mismo te lo pagaré todo.”
Respondióle el ínclito Cojo de ambos pies: “No es posible, ni sería
conveniente, negarte lo que pides.” Dicho esto, la fuerza de Hefesto le quitó
los lazos. Ellos, al verse libres de los mismos, que tan recios eran, se
levantaron sin tardanza y fuéronse él a Tracia y la risueña Afrodita a Chipre y
Pafos, donde tiene un bosque y un perfumado altar; allí las Gracias la lavaron,
la ungieron con el aceite divino que hermosea a los sempiternos dioses y le
pusieron lindas vestiduras que dejaban admirado a quien las contemplaba.
Tal era lo que cantaba el ínclito
aedo... (Odisea. Traduc.Luís
Segalá. Espasa Calpe).
Y
dado que Ares salió corriendo para Tracia, el bueno de Apolo tuvo que pagar la
multa por el adulterio cometido, pero parece ser que lo hizo de buen grado pues
Afrodita, que al parecer estaba de miedo, le recompensó con unos cuantos hijos.
El que seguía disgustado era el padre Zeus a quien nunca se le había resistido
fémina alguna, ya divina ya humana, incluidas sus propias hermanas. Claro que ésta
era su hija... ¡Y, para más "inri" se ponía su famoso ceñidor que,
como es sabido, la hacía totalmente irresistible! No aguantó más y pareciéndole
poca venganza el haberla casado con Hefesto, ahora decidió perfeccionar su
venganza haciendo que se enamorara de un mortal.
Y,
a todo esto, el pobre Anquises no sabía nada del asunto. Así que, cuando se le
apareció la diosa y hubo de yacer con ella, se asustó: “quien ve a una diosa desnuda, muere por tal osadía”, recordó. Pero
Afrodita estaba enamorada de él y le perdonó. Fuese feliz Anquises; mas un día
en que había bebido demasiado, escuchó una conversación que ya entonces era
frecuente entre los varones:
-
Te digo que esa doncella está mucho mejor que la propia Afrodita.
-
¡Qué me dices...!
Y
Anquises, un poco bebido, no pudo aguantarse e intervino imprudentemente:
-
Pues yo, habiendo yacido con las dos, puedo aseguraros que no hay color...
¡Tremenda
arrogancia! Zeus se encolerizó de tal modo que de inmediato lanzó un rayo
contra el presuntuoso mortal; y de no haber sido por Afrodita, que interpuso su
ceñidor mágico, el pobre Eneas se hubiera quedado sin padre que sacar a hombros
de la incendiada Troya.