sábado, 18 de junio de 2011

Por las tierras de Néstor: Melampo

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Paisano en Pilos (foto: José Cerdeira)

Tiro, después de haber sido madre de Pelias y de Neleo, se casó con su tío Creteo de quien tuvo varios hijos entre los cuales destaca Eson, el padre de Jasón, y Amitaón, quien sería padre de Melampo, el adivino.

Melampo vivía en Pilos con su hermano Biante, quien se había enamorado de su prima Pero, la hermana de Néstor. Sin embargo, como a causa de su extraordinaria belleza Pero tenía numerosos pretendientes, su padre Neleo decidió casarla sólo con aquel que fuera capaz de entregarle el ganado del rey Fílaco. Claro que Fílaco vigilaba continuamente su preciado ganado mediante un enorme perro que, al parecer, no dormía jamás, lo que hacía la misión de apoderarse del ganado poco menos que imposible. Y es aquí donde Melampo decidió ayudar a su querido hermano a robar el vigilado rebaño.

Para ello, Melampo contaba con alguna ventaja. Así, cuando era aún pequeño, al haber salvado la vida a unas serpientes y quedarse dormido luego, ellas, agradecidas, le lamieron los oídos haciendo posible que pudiera entender el lenguaje de las aves. Como consecuencia de esta habilidad pudo saber que la única forma de apoderarse del ganado de Fílaco era dejarse coger prisionero y pasarse como tal al menos un año, después de lo cual podría conseguir el objetivo. Y así lo hizo: se acercó al rebaño y se dejó sorprender sin ofrecer ninguna resistencia. Como había supuesto, Fílaco lo detuvo y lo encerró, y así pasó casi un año. Mas, la víspera de cumplirse el año, estando Melampo escuchando distraído la conversación de dos carcomas que hablaban desde una de las vigas del techo, pudo oír como una de ellas preguntaba con un suspiro de cansancio:

- ¿Cuántos días de roer nos quedan todavía, hermana?
La otra, con la boca llena de polvo de madera, contestó:
- Estamos progresando mucho. La viga caerá mañana al amanecer si no perdemos el tiempo en conversaciones inútiles(1).

Melampo no esperó más y llamó inmediatamente a Fílaco pidiéndole que lo sacara de allí pues el techo iba a derrumbarse de un momento a otro. Se rió Fílaco, más aceptó la petición, y al otro día, cuando el techo se cayó tal como Melampo había prometido, se dio cuenta de que estaba ante un hombre con capacidades especiales.

Tenía Fílaco un hijo llamado Ificlo, famoso por su rapidez, lo que le permitía correr sobre las aguas sin hundirse, y que fue uno de los argonautas. Pero este Ificlo era impotente pues, de pequeño, presenciando como su padre castraba carneros, se encontró de pronto con el cuchillo ensangrentado de su padre y pensó que iba a hacer lo mismo con él. Ante el espanto del pequeño, su padre clavó el cuchillo en un peral y corrió a consolar al niño, mas éste no se recuperó del susto. Así que, en cuanto Fílaco supo de los poderes de Melampo le ofreció todos sus rebaños si era capaz de curar de la impotencia a su hijo.

Comenzó Melampo por propiciar a Apolo ofreciéndole un sacrificio de dos toros, cuyos fémures, bien cubiertos con la grasa, quemó debidamente. Luego esperó hasta que un par de buitres se acercaron al altar charlando animadamente. Melampo escuchó con atención, pues, uno de ellos comentaba al otro el problema de Ificlo, y cual sería la única solución posible a tal situación. Cuando se hubo enterado, corrió a poner en marcha el remedio, consistente en extraer el orín del viejo cuchillo olvidado en el peral y administrárselo a Ificlo mezclado con agua. El brebaje fue eficaz, y pronto pudo Ificlo engendrar un niño a quien, a su debido tiempo, pusieron por nombre Podarces. Y Melampo pudo irse con el ganado que Fílaco le dio y entregárselo a Neleo a cambio de su hija Pero la cual, todavía virgen, cedió a su querido hermano Biante.
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1.- Robert Graves. Los Mitos Griegos. Alianza Editoria.

domingo, 15 de mayo de 2011

Pilos, la vieja Navarino de los italianos

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Pylos, la vieja Navarino de los italianos

La joven ciudad de Pilos (fundada por los franceses después de la batalla de Navarino, en el siglo pasado) está situada en el fondo de la magnífica bahía que dio nombre a la batalla y es una ciudad acorde con la belleza de su emplazamiento. Sus estrechas calles descienden por la ladera de la montaña hasta la gran plaza de Trion Navarón, o de los tres Almirantes, una plaza cubierta de enormes tilos bajo cuya sombra se esparcen numerosas terrazas. Aunque era nuestra intención seguir directos hasta Methoni, la atractiva plaza ejerce sobre nosotros una atracción que no somos capaces de resistir y que nos obliga a cambiar nuestros planes. Nos sentamos pues bajo la agradable sombra y, refresco en mano, recordamos el último suspiro de la resistencia turca en el Peloponeso.

¿Quién dice que inventó el fútbol?
 Era el 20 de Octubre del año de gracia de 1827. Las escuadras aliadas de Francia, Gran Bretaña y Rusia, después de haber sido reconocida la independencia griega por sus respectivos países, patrullaban la zona con la pretensión de intimidar a Ibrahim Pachá cuya flota, compuesta por unos 82 navíos, seguía presionando la región independizada del Peloponeso. El objetivo aliado no era la guerra sino únicamente el conseguir de "la gran Puerta" un armisticio que supusiera el reconocimiento a lo que ya era una independencia "de facto". Las fuerzas aliadas, formadas por veintiséis navíos, eran menores en número a las otomanas, si bien sus barcos eran más modernos y mejor armados. Dado que ambas potencias no se habían declarado formalmente la guerra no había intención de entrar en combate por ninguna de las partes pero, como las armas las carga el diablo, en la oscuridad de la noche una fragata egipcia disparó contra una inglesa. La respuesta aliada fue inmediata y ambas escuadras entraron en combate. ¿El resultado? Increíble: Los turcos perdieron 53 buques por ninguno los aliados (las bajas aliadas fueron de 127 mientras que las turcas se estimaron en unas 6.000). Un año más tarde la independencia griega, tan soñada por hombres como Byron y sus compañeros filohelenos, fue un hecho.

Como hemos visto, Pilos es una ciudad reciente que no debe confundirse con la arenosa Pilos de la que habla Homero y cuya situación ha de buscarse quince kilómetros más al Norte, en las proximidades del palacio de Néstor. Sin embargo, encaramados en la colina que bordea la bahía por el Sur, al lado de la carretera que lleva a Methoni, se conservan dos castillos franco-venecianos desde los que se tiene una extraordinaria vista sobre la bahía.

domingo, 17 de abril de 2011

El palacio de Néstor Nelida en Pilos

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Reconstrucción gráfica del megaron, en el palacio de Néstor

Aparcamos raudos en la amplia y solitaria explanada que antecede al palacio y, sin entretenernos, nos acercamos al acceso a las ruinas: mala suerte, ya está cerrado. Nuestras caras reflejan la decepción. No podemos saltarnos el mítico palacio y, sin embargo, nos asusta un poco quedarnos a pasar la noche aquí en un lugar tan aislado. Podríamos ir a Pilos, pero hay unos veinte kilómetros, que al ser ida y vuelta, se convertirían en cuarenta... ¡demasiados kilómetros para tal carretera! Al final, mirándonos unos a otros, tomamos la decisión: dormiremos aquí.

Olivos, pinos y algún eucalipto cubren esta redondeada colina que se asoma al mar como invadiéndolo, como dominándolo. No es un mal lugar para hacer un palacio, pensamos. Y la noche, la negra noche, cae sobre nosotros. Todavía no hay luna, pero la habrá, pues en Olimpia lucía en toda su grandeza. Sobre la tierra, ni una luz; en el cielo miríadas de estrellas lo adornan todo. ¡Qué silencio! Un cierto nerviosismo nos encoge el corazón... ¿Dormiremos bien?, nos preguntamos. Y luego, por fin, la inmensa luna aparece sobre las vagas formas de los olivos y de los pinos. Se hace la luz y parece día. Sentados sobre un muro medio derruido, al lado de una fuente de blanca caliza que el musgo ha pintado de verde, charlamos bajito, como si la inmensidad del espacio fuera a molestarse por nuestras palabras, por nuestros susurros. Y hablamos, hablamos de aquellos tiempos y de aquellos mitos.

Tiro, la hija de Salmoneo y de Alcídide, se quedó huérfana muy pronto, y fue criada por su madrastra Sidero, que la maltrataba. Huyendo de su desventura, siempre se refugiaba, solitaria, a orillas del río Enipeo (un tributario del Alfeo, el río de Olimpia) del cual acabó enamorándose sin que éste le prestara especial atención. Ante esta situación, el dios Poseidón decidió hacer algo, así que le infundió un dulce sueño y se unió con ella. De aquella unión clandestina nacieron a Tiro dos mellizos: Pelias y Neleo. Con el tiempo, Pelias conquistó Yolco (destronando a su hermanastro Esón, padre de Jasón el Argonauta) mientras que Neleo, con un ejército de aqueos y eolios, se apoderó de Pilos, y la hizo tan famosa que ahora se lo considera su fundador.

Neleo tuvo doce hijos y todos lucharon valientemente contra las tropas de Heracles cuando éste, irritado por la ayuda que los nelidas habían prestado a Elide, invadió Pilos. A su lado combatieron Poseidón, Hera, Hades y Ares, pero, enfrente, junto a Heracles, estaba la invicta Atenea por lo que el combate fue reñido. Ares fue herido por la espada de Heracles y hubo de correr raudo hasta el Olimpo donde, sin embargo, Apolo lo curó en menos de una hora. También Hera, la de níveos brazos, fue herida en un pecho, y el violento Ares, que había vuelto a la lucha, cayó de nuevo atravesado por una flecha que, ahora sí, le hizo abandonar definitivamente el combate. Periclímeno, hijo mayor de Neleo y famoso por haber sido uno de los argonautas, usó su enorme fuerza y su capacidad de metamorfosearse para luchar contra Heracles pero, finalmente, cuando volaba convertido en feroz águila, fue traspasado por una flecha y murió. También Heracles y Poseidón se vieron frente a frente y el segundo tuvo que retroceder, pero sin que hubiera victoria de ninguno de ellos.

Sin embargo, muertos todos los hijos de Neleo salvo Néstor, la victoria final de los heráclidas fue inevitable, y el mismo Heracles decidió entregar la ciudad a Néstor, pues éste era el único nelida que no se había enfrentado a él en Elide. Luego, Néstor Nelida (o Néstor Gerenio, como le llama Homero en la Ilíada, por haberse criado en Gerenia, cerca del Istmo) se haría famoso dando consejos en el sitio de Ilión, donde fue el mayor de los combatientes.

La bahía de Navarino

Muy temprano todavía, cuando la dorada luz del Sol alcanzaba solamente los picos de las montañas y extendía la sombra de éstas muy lejos sobre el calmado Ionio Pelagos, nos levantamos y nos dispusimos a desayunar. Sólo el rumor de la fuente llegaba monótono hasta nosotros y nuestras palabras parecían amplificadas en aquella soledad matinal. Amplitud inmensa bajo un cielo azul, particular, ajeno. ¿Solos nosotros en el mundo? Ni los pájaros cantaban sus canciones como de costumbre. Y cuando alguno se atrevía a elevarse por los aires, lo hacía en la distancia, también solitario, perdido... Luego el Sol se fue elevando y los valles, ya iluminados, parecieron cobrar vida. Un conejo solitario nos miró sorprendido durante unos segundos antes de continuar su camino y, más tarde, apareció un vulgar gorrión, y luego otros. Aunque el día prometía ser caluroso, a esas horas de la mañana el aire aún era fresco, agradable, tonificante: ¡oh tiempo maravilloso en que nos fundimos con el universo para formar un solo cuerpo, un solo espíritu,...! Momentos de placidez, de paz, de sentir el mundo contigo y en ti...

Pero llegó el primer coche. Y luego otros, y otros más. La solitaria explanada se convirtió de pronto en un aparcamiento, como otros muchos. Miramos decepcionados al cielo y pensamos que ya sería hora de acercarnos al palacio. Recorrimos silenciosos los escasos cincuenta metros que nos separaban de la entrada, abonamos nuestros billetes, y henos ya aquí en el mismo sitio en que, según Homero, se hallaba Telémaco hace algo más de tres mil años.

Un pequeño pórtico con el sitio de los guardianes, una precámara, el gran patio o megaron, las habitaciones, el megaron de la reina... y la bañera. Más allá, ya sobre la ladera que mira al mar, almacenes, tinajas de aceite, depósitos de tablillas de arcilla donde se llevaban las cuentas del palacio, paredes derruidas... Este es el palacio en que mejor se puede comprender como era un palacio micénico, dicen las guías, y debe ser verdad. Todo está aquí claro, todo fue excavado con cuidado y sabiduría. Y si no impresionan más estos restos valiosísimos será porque ya no quedan frescos, ni techos, ni arquitrabes, porque todo se ve muerto... salvo que la imaginación venga en su rescate.

Muchos años habían pasado ya desde de la caída de Troya y Odiseo no regresaba. Penélope se desesperaba viendo como la economía de la casa se derrumbaba a causa de aquellos pretendientes insufribles. ¿Debía aceptar la muerte de Odiseo y, haciendo caso a las presiones generales, tomar como nuevo marido a uno de los presentes? ¿Y si, realmente, su auténtico marido no había muerto? Quedaban pocas esperanzas pero bueno sería hacer el último esfuerzo.

Ante tal incertidumbre, cansada ya de tejer y destejer la misma tela cada noche, Penélope accede a que su joven hijo Telémaco vaya a Pilos (a la arenosa Pilos de Homero, que no a la entonces inexistente ciudad actual) en busca de alguna nueva sobre el paradero de su padre. Así, después de cruzar el mar desde Ítaca, Telémaco y los suyos llegaron a Pilos, la bien construida ciudad de Neleo

Emprenden luego la trabajosa ascensión hacia el palacio, pero antes de llegar encuentran a Néstor con quinientos de sus hombres ofreciendo sacrificios a Poseidón: Y apenas vieron a los huéspedes, adelantáronse todos juntos, los saludaron con las manos y les invitaron a sentarse.

Juntos caminan hasta el grandioso palacio donde los visitantes son agasajados y donde Policastaña, la hija menor de Néstor, baña y unge a Telémaco hasta dejarlo "parecido a los inmortales". Te diré, hijo mío, la verdad entera... Pero de Odiseo no sabe nada... El apenado Telémaco decide continuar hasta Esparta por ver si Menelao supiera algo y, dado que había llegado hasta Pilos en barco y no tenía carro, Néstor le ofrece una carroza con la que poder cruzar el imponente Taigeto y llegar hasta el palacio de Menelao, a orillas del Eurotas:

- ¡Ea!, hijos míos, aparejad caballos de hermosas crines y uncidlos al carro, para que Telémaco pueda llevar a término su viaje...

Y habiendo llegado a una llanura, que era trigal, enseguida terminaron el viaje, ¡con tal rapidez los condujeron los briosos caballos! Y el Sol se puso y las tinieblas ocuparon todos los caminos. Pero, mala suerte, tampoco allí sabían nada.

La batalla de Navarino, por Iván Aivazovski

Sin duda, la vista sobre la bahía de Navarino que se tiene desde el altozano en que se asienta el palacio de Néstor es una de las más bellas de toda Grecia, extendiéndose a sus pies la espléndida ensenada como un tranquilo mar que la isla de Sfactiria cierra por el exterior y convierte casi en un lago. Estos eran los dominios de Néstor, hijo de Neleo, hijo de Tiro, hija de Salmoneo, hijo de Eolo, hijo de Heleno, hijo de Deucalión, a su vez hijo de Prometeo y éste del titán Jápeto, a todos los cuales ya hemos mencionado; éstos eran los dominios de aquel valiente guerrero que luchó contra los centauros, participó en la caza del jabalí de Calidón, viajó con el Argos hasta Cólquide y, finalmente, ya entrado en años, todavía tuvo fuerzas para acompañar a sus soldados hasta la vasta Troya. Néstor, el sabio consejero, tenía además un gusto excelente que la ubicación de su palacio corrobora de inmediato.
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viernes, 18 de febrero de 2011

Las Strofades, residencia de las Arpías

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Las islas Strofades
Según Virgilio, los griegos denominan Strofades a unas islas del vasto mar Jónico, donde habitan la cruel Celeno y las otras arpías: Nicotoe y Podarge.

La idea que los griegos tenían sobre las arpías fue evolucionando con el tiempo, pasando de ser espíritus semejantes a los vientos que arrastraban a las almas de los muertos (Hesíodo y Homero) a ser seres concretos que se materializan en una cabeza de mujer con un cuerpo de ave y que son capaces de raptar no sólo almas sino también niños pequeños.

En uno de los pasajes más conocidos del viaje de los Argonautas, las arpías aparecen atormentando al adivino tracio Fineo, un ciego a quien devoran parte de su comida y le ensucian el resto con sus apestosos excrementos. Los Argonuatas llegan allí en busca de consejo, y Fineo les exige que le liberen de tales demonios alados si quieren su ayuda. Jasón, el capitán del Argos, encarga entonces a Zetes y Calais, los hijos alados de Boreas, el Viento del Norte, la tarea de expulsar a las arpías. Los dos hermanos las persiguen incansablemente por todo el mar Mediterráneo hasta que, finalmente, en las llamadas islas Giratorias (Strofadas) llegan a un pacto con ellas: las dejarán vivir con la condición de que no vuelvan a molestar al ciego Fineo.

Una generación más tarde, una tormenta desvía de su ruta al teucro Eneas, cuando navegaba hacia su tierra prometida, y lo trae hasta estas islas Giratorias. Y aquí se encuentra a las arpías. Dice Virgilio:

Jamás salieron de las aguas estigias, suscitados por la cólera de los dioses, monstruos más tristes ni peste más repugnante; tienen cuerpo de pájaro con cara de virgen, expelen un fetidísimo excremento, sus manos son agudas garras, y llevan siempre el rostro descolorido de hambre...

Los teucros de Eneas habían realizado los sacrificios de rigor y se disponían a comer cuando estos seres repugnantes, ya diosas, ya crueles e inmundas aves, atacaron y ensuciaron sus alimentos. Volvieron a poner nuevos alimentos y, por segunda vez, fueron objeto de similar ataque de las arpías, y las provocaciones hubieran continuado si Eneas no encarga a sus soldados que, espada en mano, las persiguieran. Al ver la resolución de los troyanos, Nicotoe y Podarge huyen, mas Celeno se queda y, dirigiéndose a Eneas, le vaticina que antes de conseguir asentarse en su nueva ciudad habrán de pasar tal hambre que llegarán a comer la madera de las propias mesas...
 
(La batalla de Navarino’, de Iván Aivazóvski)
Estamos al lado de la bahía de Navarino, donde en 1827 tuvo lugar la
famosa batalla contra la armada turca.

viernes, 4 de febrero de 2011

De camino hacia las tierras de Néstor Nelida

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La hora de la siesta en Olimpia

Comimos en Olimpia y salimos hacia el Sur, por Krestena, hacia la carretera litoral. Hacía calor y estábamos cansados, y la carretera, estrecha, monótona y sin acercarse al mar lo suficiente como para disfrutar de su vista, se alargaba en demasía. De vez en cuando alguna playa solitaria llamaba nuestra atención, pero nuestro deseo de llegar a Pilos antes de anochecer nos animaba a seguir. Plátanos, pinos, algún que otro olivo y, de vez en cuando, algunas vides. A la izquierda, hacia Andritsena y Karitena, se yerguen altivas las arcaicas montañas arcadias; aquí un pueblo, una granja, un asno rodeado de gallinas; allí una caleta, y luego un río.

- Es el Neda -comenta Fernando que hace de copiloto.
- ¡Ah, el famoso Neda!. Luego ese monte que se ve a lo lejos será el Liceo, el lugar de nacimiento de Zeus.
Voy a parar un rato para remojarnos en las aguas que lavaron al Zeus recién nacido.

Dicen que Rhea, huyendo de su marido, dio a luz a su tercer hijo en plena noche ahí en el monte Liceo. Luego lo bañó en estas transparentes aguas del Neda y se lo entregó a Gea, la Madre Tierra, quien, para protegerlo de los voraces deseos de su padre Cronos, se lo llevó a Creta y lo escondió en la cueva Dictea (ver Efira).

Pero la parada es muy pequeña porque sólo hemos recorrido la mitad del camino y la tarde avanza más de prisa que nosotros. Fernando toma nuevamente el mapa.

- Nos faltan veinte kilómetros hasta Kiparisia y luego unos cuarenta hasta donde está el palacio de Néstor.

La carretera es, al menos, llana. El Sol se va alejando por nuestra izquierda hacia el lejano Oeste y el tráfico es escaso, escaso pero, ¡qué manera de conducir! Pensemos en otra cosa.

- Pablo, ¿jugamos a las cartas? -propone Fernando.
- Mira, Kiparisia... Vaya birria, ¡y con lo qui parisía!
- Ja, Ja. ¡Qué chispa...!
- ¿Tú eres idiota o qué?
- Dejaros de peleas. Pablo, ¿cómo se llaman esas islas que están ahí enfrente de Kiparisia?
- Ah, espera..., ya lo tengo: son las Estrófades.

viernes, 14 de enero de 2011

Los juegos Olímpicos

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La vieja Olimpia

Olimpia (nombre de una de las hijas de Arcade) es hoy una pequeña villa dedicada por entero al turismo, donde las tiendas de recuerdos y los restaurantes se suceden sin discontinuidad. La calle principal, la carretera de Pirgos a Trípoli, tiene mucho tráfico, y las estrechas aceras están completamente invadidas por los abigarrados expositores de las tiendas, así que el caminar por ellas es muy dificultoso. Las terrazas de los restaurantes y cafeterías son amplias y atractivas pero, y es un pero muy importante, ninguna tiene aire acondicionado. Ni que decir tiene que, en estas circunstancias, nos tomamos a toda prisa los capuchinos de rigor (capuchinos griegos, se entiende, que no los maravillosos italianos) y salimos hacia la próxima colina de Cronos, al otro lado del Cladeo, donde la abundante sombra existente permite unas siestas magníficas.

El boscoso monte Cronión (en realidad, una pequeña colina) está situado en la confluencia de los famosos ríos olímpicos Alfeo y Cladeo, y por su ladera, en la parte que mira a la confluencia de los dos ríos, se extiende la zona de ruinas. Aquí, hace quizá más de tres milenios, nacieron unos juegos que, a pesar de una larga interrupción, consiguieron llegar hasta nuestros días plenos de fortaleza. Su origen es incierto, pero parece plausible que todo comenzara con una carrera pedestre de muchachas que se disputaban el honor de llegar a ser sacerdotisas de la diosa Luna. Y, quizá más tarde, tendrían lugar otras competiciones mediante las cuales la diosa (Hera) podía elegir a su nuevo amante (Zeus), competiciones mortales que el mito de Pélope y Enomao parece reflejar.


Las pruebas de selección de sacerdotisas debían tener lugar con ocasión de la coincidencia entre el plenilunio y el solsticio de verano, es decir, cuando Sol y Luna coinciden en su plenitud, hecho que, con una cierta precisión, ocurre cada ocho años (noventa y nueve lunaciones). Sin embargo, también es probable que originalmente las competiciones fueran anuales y que sólo cuando se descubrió esa mayor precisión se produjera el cambio. Para el caso de las competiciones masculinas, encaminadas a proveer de reyes sagrados(1) a la sacerdotisa, los ciclos debían coincidir con los anteriores; sin embargo, de la numerosa mitología existente parece deducirse que los reyes sagrados tenían siempre un mellizo(2) (Ificles-Heracles, Castor-Polideuces, Idas-Linceo, Teseo-Pirítoo, Pelias-Neleo, etc. ) repartiéndose el año sagrado, o gran año de noventa y nueve lunaciones, en dos olimpiadas de a cuatro años cada una, y gobernando sucesiva o concurrentemente.

Aunque las carreras pedestres parecen ser las pruebas originales, Pausanias habla también de una lucha singular que sólo terminaba con la muerte de uno de los contendientes y que se celebraba en recuerdo del combate mantenido entre Zeus y su padre Cronos. Tal como hemos visto en el mito de Enomao, esta lucha enfrentaría al rey viejo con el aspirante a tal, lucha que, al jugar el pretendiente con ventaja, siempre terminaría de la misma manera: con la muerte del viejo y su sustitución por el nuevo. Si el muerto era el rey sagrado se convertiría en héroe y, con un poco de suerte, hasta en dios; si el muerto era el mellizo, su destino era convertirse en serpiente oracular.

La lucha de la que habla Pausanias no fue otra que la famosa titanomaquia en la cual Zeus venció a su padre Cronos (ver Efira). En esa lucha, Cronos es el rey viejo vencido por Zeus, el sustituto, quien se casa ritualmente con la diosa-luna Hera. Esto sucedía antes de que los aqueos impusieran el patriarcado; luego, Zeus iría creciendo en importancia y, aunque nunca consiguió deshacerse de Hera, la fue sustituyendo paulatinamente. El auténtico coup d'etat olímpico se produce cuando los aqueos incorporan nuevos varones al comité olímpico (Apolo, Dionisio y Hermes), expulsan a Hestia y hacen que Atenea, traicionando a las mujeres, opte por la supremacía de su padre...


Factura del cámping
Estamos ya en el cámping y, bajo la alta cúpula sembrada de estrellas con que esta noche de Olimpia nos obsequia, preparamos nuestra mesa y nos disponemos a disfrutar de una frugal cena. Es entonces cuando Pablo pregunta:

- Oye, ¿y de las ruinas no vas a contar nada?
- Eso te lo dejo a ti.
- ¿A mí...? Por mí no es necesario: ¡viene en las guías! ¿Y de los juegos olímpicos?, tampoco has dicho nada...
- También eso te lo dejo a ti, en algo tendrás que colaborar.
- Pues mira... Eso me lo sé mejor porque lo he preparado para el vídeo. -Como creo haber dicho ya, Mariló es la encargada de la cámara, mientras que Pablo, bien que mal, hace de presentador.
- Pues venga, cuéntanos algo.
- Si pagas bien... Bueno, te daré un dato (¡ojo al dato!): un tal Teagenres llegó a ganar 1.400 coronas.
- Sería profesional y los demás aficionados...
- No, no. Profesionales eran todos, al menos a partir del siglo V a.C. Os voy a leer lo que dice la guía de Anaya:

Los atletas estaban fuertemente subvencionados por sus Estados y, si vencían en Olimpia, exigían grandes cantidades de dinero por participar en juegos de otros lugares. También el soborno se convirtió en algo corriente, pese a los solemnes juramentos prestados... Y luego dice que los romanos lo degradaron todo, e impusieron los premios pecuniarios en vez de la simple corona de olivo. Dice: Nerón retrasó durante dos años la celebración de los juegos para poder competir (y ganar) en pruebas especiales de canto y lira, además de la carrera de cuadrigas, en la que diplomáticamente fue declarado vencedor, no obstante haberse caído dos veces y no haber logrado terminar...

- Y, entonces, ¿el atleta más conocido quién fue, ese Teagenres?
- No, parece que el más conocido fue Milos de Crotona porque ganó medalla, quiero decir ramo de olivo, en tres olimpiadas consecutivas, y además en lucha.
- O sea que los atletas de la época ya eran casi tan famosos como los actuales.
- O más, porque recuerda que entonces, según la guía de El País Aguilar, ante un campeón olímpico retrocedían hasta los generales triunfantes...

sábado, 28 de agosto de 2010

La diosa Luna

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Maqueta de la ciudad de Olimpia. En el centro, el templo de Zeus

Mármax, Mirtilo, Excita-caballos... Se dice que Mármax fue el primero de los pretendientes de Hipodamía que encontró la muerte en la fatal carrera. Fue enterrado en la curva del hipódromo y su espíritu (¿o era el de Mirtilo?) asusta a los caballos y provoca los accidentes que ritualmente matan al rey...(!)

-¿Cómo, cómo? - Pregunta Fernando, sorprendido.
- Claro. ¿No sabías que en cada carrera mataban un rey?
- ¡Qué bestias! ¿Y por qué?
- Mira, lo que tienes que hacer es traernos unas bebidas... ¿Te acuerdas de Piteo?
- ¿Los que estaban ayer en el cámping?
- Sí. Pues trae unas cervezas también para ellos porque vienen por allí. Toma mil dracmas; supongo que te llegarán.

Piteo, hijo de Pélope, y por tanto, hermano de Atreo y Tiestes, fue el padre de Etra, la madre de Teseo, y era el hombre más sabio de su tiempo. Pero, para nosotros, Piteo es alguien mucho más próximo: es simplemente un viejo amigo al que conocimos ayer y al que, por sus conocimientos, hemos bautizado con ese nombre. Viaja con su mujer en una "cámper" un tanto destartalada y, por su modo de hablar, debe ser profesor de algo en alguna universidad. O quizá ya esté jubilado, pues parece bastante mayor. Pero, en todo caso, su gracejo andaluz  y lo extrovertido de su carácter hacen ameno el charlar con él.

Fernando y nuestros amigos se acercan juntos. Nos saludamos, nos recolocamos todos bajo la escasa sombra del querido pino y, con los fríos botes de bebida en la mano, comenzamos una agradable conversación.

- Hace calor, ¿eh?
- Mucho. Abrasaditos estamos.

Nació el hombre sobre la tierra y, sintiéndose en su regazo maternal, pensó: ésta tiene que ser la Madre Tierra, Gea, la Gran Diosa, el origen de todo. Luego alzó sus ojos hacia arriba, y vio el azul del cielo que lo cubría como una inmensa cúpula, y se dijo: habrá salido de las entrañas de Gea; será Urano, su hijo. Y sintióse feliz... hasta que vio como el tiempo, Cronos, lo devoraba y lo conducía a la muerte. Así que, meditó en los misterios de la vida pero no halló respuesta sino en la inescrutable voluntad de los dioses.

Luego, sintiendo hambre, tomó frutos de los árboles y se alegró de que nadie se opusiera a lo que hacía... Pero no pudo ser feliz por mucho tiempo porque la abundancia y la plenitud del estío se marchitaban y se morían con la llegada de las lluvias y del frío. Volvía la abundancia..., y volvía la escasez; venía el calor..., y retornaban los fríos; y hasta los árboles, magníficamente vestidos cuando los largos y cálidos días, se quedaban de nuevo desnudos, azotados por el gélido viento del norte. Miró, pues, al cielo inquietante y allí estaba la luna: creciente o redonda, menguante o ausente; la vida que nace, la juventud, la dorada madurez..., y, luego, la decrepitud y la muerte. Lo comprendió todo en un instante: he aquí, se dijo, la Luna, la diosa que rige los ciclos de la fertilidad de los árboles y de las cosechas, de las lluvias y de los fríos, de la vida y de la muerte...

- Hombre, es muy poético pero... creo que eso es mucho filosofar. Una civilización primitiva no podía hacer elucubraciones tan complejas. Supongo que todo empezaría mucho antes, con el animismo, o el fetichismo...
- Por supuesto. Pero, al final, uno de esos fetiches acabaría imponiéndose. Y ese tuvo que ser la Luna, antes incluso que el Sol.
- Pero un fetiche es un objeto pequeño, algo que una familia puede comprar, poseer, vender... y que sirve de morada a un espíritu. No puede ser la Luna...
- ¿Y por qué no? ¿Por qué un fetiche afortunado, que haya traído suerte en el pasado, no puede identificarse con la Luna? Es cuestión de tiempo...
- Hombre, todo es posible.
- Claro que es posible. El hombre primitivo tuvo que darse cuenta de ese crecer y morir de la Luna. Tuvo que compararlo con su propio ciclo de vida y muerte, y con el del resto de los animales y plantas, y con el de las estaciones: verano, invierno, verano, invierno... Y parece evidente que, a continuación, trataría de congratularse con ese ser tan poderoso, de propiciarlo, pero como carecía de cualquier forma de culto, hubo de empezar por crearlo.
- ¿Y cómo lo crea? ¿Qué le puede ofrecer el hombre primitivo a una diosa como la Luna?
- Pues lo mismo que le ofrecía a cualquiera de sus fetiches anteriores. Él tenía necesidad de comer y poco más. Pensaría que esas eran también las necesidades de todo espíritu y de ahí que ofreciera a sus idolillos comida y bebida.
- Pero los ídolos no comen...
- Ya, físicamente no, pero, en su opinión, había una forma de hacer llegar el alimento a los dioses: si eran espirituales, el aire, el humo tenía que llegar hasta ellos. Y por eso quemaban las ofrendas. En el caso de los líquidos era más fácil: comprobarían que al verterlos sobre la tierra desaparecían, se evaporaban, y, en su entender, tenían que ser los espíritus quienes los bebían... De ahí las libaciones...
- El humo de la grasa que sube hasta el cielo... y la sangre de la víctima que se derrama sobre el altar... Sigue, sigue.
- Estábamos con la Luna. Parece lógico que, para una mente primitiva, sea ella la diosa regidora de la fertilidad, la diosa que nace en el novilunio, que alcanza su plenitud en el plenilunio y que camina luego hacia su muerte...

He ahí, pues, la triple diosa-luna, Hera, la diosa fundamental de una sociedad matriarcal, de una sociedad preocupada por la fertilidad de las tierras y de los ganados, por la necesidad de hijos numerosos capaces de enriquecer la tribu. Será Kore cuando joven o Deméter cuando adulta o Perséfone cuando se hable de la muerte; será Hestia cuando cuide de la riqueza de la casa, o Afrodita cuando se trate de procreación; o será, tal vez, Atenea cuando haya que defender el clan. Tendrá numerosos nombres, se llamará de un modo o de otro, (Astarté, Isis, Tanit...) pero siempre será la triple diosa luna, la que rige los ciclos de la vida, aquella a la que se adora en las noches de plenilunio... Y serán sus símbolos el arco, la doble hacha (el labris), la cornamenta de un buey o cualquier cosa en forma de cuarto creciente o menguante...

En la tierra, será adorada por un colegio femenino cuya ninfa suprema, la reina tribal, representa a la diosa. Con sus compañeras, se encargará de los ritos sagrados capaces de provocar su propia fertilidad, ritos que serán orgiásticos, los únicos fecundantes en una sociedad desconocedora de la función procreadora del hombre.

Un doble ciclo, lunar y solar, regirá la fertilidad, la vida y la muerte. Y cuando, en la quincuagésima lunación(1), los dos ciclos se sincronicen, y coincidan plenilunio y solsticio de verano, se completará el gran año, el año sagrado, el año olímpico. Entonces, unas difíciles pruebas (enfrentarse a un toro salvaje, o a un fiero león, o vencer en una carrera mortal...) permitirían seleccionar al zeus, el guerrero más fuerte, el compañero de la reina en cuyo nombre mandaría el ejército. Y completado el ciclo, cada nuevo año sagrado, se repetirían la pruebas, pruebas en las que el rey viejo debía sucumbir ritualmente ante el empuje del nuevo.

Restos de las columnas del templo de Zeus

- Espera, espera. Cuéntanos despacio eso del nuevo zeus. ¿Por qué hemos de pensar que la reina quería un nuevo amante cada año?
- Amigo mío, el hombre no servía para nada: no se conocía su función procreadora. Sólo la ninfa-reina-abeja era importante. Los zánganos tenían que ser cíclicos, como todo lo que se relacione con la fertilidad y la Luna. ¿No muere el grano de cereal para producir nueva vida? Así debía hacerse con el más valiente de los guerreros. Su muerte era necesaria para engendrar nueva vida, para fertilizar las tierras...(2). Lo seleccionarían con cuidado, el más esforzado, el que superara las difíciles pruebas impuestas, y, luego, habría de ser sacrificado. Al principio, cada año; después, con el pretexto de que los ciclos lunar y solar no coincidían sino cada cuatro años(3) (en la quincuagésima lunación. Ver, sin embargo, más abajo) el rey se negaría a morir y, para no ofender a la Hera de turno, sería necesario sacrificar a un interrex, a un niño al que previamente se le hacía reinar por un día. Mientras, el auténtico rey se haría el muerto en alguna tumba escondida para luego, pasado el día fatal, renacer misteriosamente revestido de poder, deificado, inmortal, convertido en héroe.
- Un momento. O sea que, si he entendido bien, Hipodamía era la sacerdotisa de la Luna, Enomao era el rey que debía morir ritualmente, Pélope es el nuevo amante que vence en la carrera y, por tanto, debe matar al viejo rey y sustituirlo como amante...
- Muy bien. Sólo te falta el interrex, el "rey por un día".
- No me digas más: ¡Mirtilo!
- Efectivamente. Mirtilo tenía que dormir con Hipodamía una sola noche: rey por un día, y luego la muerte. Pero, al menos en una época determinada, el verdadero amante de la reina duraba cuatro años, hasta que en la siguiente olimpiada se eligiera al nuevo Pélope: es ahí donde el Enomao de turno muere de verdad. La boda entre el zeus Pélope y la hera Hipodamia (la suma sacerdotisa) completaría el rito.
- Oye, me temo que es la hora de la comida. ¿Qué te parece si esta noche continuamos?
- Estupendo. Para entonces ya habrán llegado los aqueos, el antiguo matriarcado quedará como un simple recuerdo y la patrilinealidad se habrá impuesto. Hera habrá perdido importancia, los dioses recién llegados, después de vencer a los antiguos en la famosa titanomaquia, se habrán repartido el mundo: zeus-Zeus se quedará con la tierra y con el cielo, zeus-Poseidón con el dominio sobre el anchuroso ponto y zeus-Hades, con peor suerte, obtendrá el control sobre el mundo subterráneo (aqueo, eolio y jónico respectivamente). Sin duda, para entonces ¡el machismo ya se habrá impuesto...!
- En otras palabras: la reina matriarcal del clan-colmena será sustituida por un rey poderoso, por un wanax omnipotente, ¿no es así?

Pero ya no hubo respuesta. Alguien había sugerido un sitio para comer y los estómagos estaban vacíos. El Sol, por su parte, ahora vengador de los excesos de la diosa Luna, reinaba omnipotente en el cielo. Calor, sudor..., y más calor. Pero, en mi mente, una idea parecía tomar forma: entonces, claro, los juegos olímpicos no eran sino eso... ¡cómo no se me había ocurrido!
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  1. En realidad, la primera sincronización aceptable entre los ciclos lunar y solar no se produce sino tras noventa y nueve lunaciones, pero, dado que se supone que el rey compartía ese período con un sustituto o co-rey, puede dividirse en dos con lo que se obtiene el ciclo más corto o año olímpico (ver más adelante).
  2. Y si Cristo no hubiera resucitado, ¿cómo podría crecer el trigo? (Ver Eleusis)
  3. En la organización matriarcal prehelénica las tribus estaban gobernadas por una reina, cuyo amante anual era sacrificado a fin de año, bañando con su sangre árboles y cosechas. Las sacerdotisas, disfrazadas de yeguas, cerdas o perras, devoraban su carne. Los enloquecidos seguidores de Dioniso continuaron estas prácticas caníbales hasta el siglo VI, siendo Orfeo su víctima más famosa. (Guía Fodors). En Creta se sustituyó pronto a la víctima humana por un cabrito; en Tracia, por un ternero; entre los adoradores eolios de Poseidón, por un potro; pero en los distritos atrasados de Arcadia todavía se comía sacrificialmente a niños, incluso en la era cristiana. (R. Graves).

domingo, 27 de junio de 2010

Olimpia: Pélope y Enomao

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El estadio de Olimpia en la actualidad

El estadio de Olimpia nunca dispuso de asientos, los espectadores debían permanecer de pie en los taludes laterales durante el tiempo de desarrollo de las pruebas. Hoy, los espectadores somos únicamente turistas y podemos permanecer tumbados sobre el césped reseco durante horas, y observar las descuidadas pistas en las que grupos de curiosos han sustituido a los atletas: unos se fotografían, otros ensayan cortas carreras, los más permanecen en silencio. El inagotable Helios inicia una nueva ascensión hasta lo alto de la bóveda celeste, y quien más quien menos busca alguna sombra con que guarecerse de su cálido brillo. En nuestro caso, es un pino joven, de copa rechoncha y pequeña, el que nos alivia del calor; otros, más previsores, vinieron provistos de las correspondientes sombrillas y se guarecen a voluntad. Pero, previsores o no, todos sufrimos por igual este olímpico calor estival.

Desde aquí arriba, desde la sombra de este maravilloso pino situado en la ladera del monte Cronión, se ve todo el recinto olímpico. Y es un espectáculo observar a los grupos organizados que, avanzando de árbol en árbol, de sombra en sombra, van deteniéndose para comentar las viejas leyendas, los antiguos mitos. Nosotros, tumbados bajo nuestra propia sombra, lo observamos todo: gente y piedras, árboles y muros, columnas y pasillos. Es todo un perfecto desorden. Si el misterio fallara, estaríamos ante una vulgar cantera: sillares y más sillares, todo por el suelo. Pero, no; el misterio está ahí, se siente, se palpa. Y cuando la mirada se eleva por encima de las ruinas y se fija en la amplia y fértil llanura que nos separa del Alfeo reaparece la belleza; pero sigue el misterio, la magia, como si algo emanara del interior de la tierra y nos embriagara suavemente. Olimpia es, sin duda, un lugar sagrado.
 
Y volvemos la vista hacia el estadio que el tórrido calor va dejando vacío, y, más allá, sobre el sitio que ocupó el mítico hipódromo hoy inexistente. Los rayos de luz reverberan sobre la cálida tierra y la imaginación se pierde en el tiempo. He ahí, pensamos, el Mármax, el Excita-caballos, el espíritu de Mirtilo. Nos imaginamos a Hipodamía bajo su tenue peplo...
 
Pélope e Hipodamia
 
Como ya sabemos, Pélope, el hijo de Tántalo, había sido cocinado por su padre y servido a los dioses como plato suculento. Pero, salvo Deméter que se comió la paletilla izquierda, los dioses descubrieron qué tipo de carne se les servía y rehusaron tal banquete. Es más, Zeus, encolerizado por el hecho, castigó duramente a Tántalo y decidió resucitar a Pélope, para lo que, mágicamente, coció de nuevo los trozos en una caldera de regeneración, y el muchacho revivió sumamente embellecido. Esta divinal belleza hizo que Poseidón lo tomara por amante, de lo que, pasados los años, se aprovechó Pélope.

Y es que Pélope, cuando se hizo mayor, acabó por enamorarse de Hipodamía, la hija del rey Enomao que gobernaba en esta zona de Pelasgia. Pero, quizá porque un oráculo le había advertido que su yerno lo mataría, lo cierto es que Enomao no deseaba que su hija contrajera matrimonio. Así que, para evitar su casamiento, tuvo la tétrica idea de desafiar a los posibles pretendientes a una carrera de carros en el hipódromo de Olimpia: si el pretendiente vencía obtendría a su hija, pero, si no era así y quien vencía era Enomao, el pretendiente tendría que morir. Por supuesto que Enomao no era tonto: él tenía un tiro de caballos, hijos del Viento del Norte, que Ares le había regalado y que eran absolutamente invencibles. Por otra parte, su carro era conducido por Mirtilo, hijo de Hermes, un auriga tan invencible como los propios caballos. No es, pues, de extrañar que Enomao hubiera vencido ya a doce pretendientes cuyas cabezas decoraban macabramente las puertas del palacio real.

Ante lo arriesgado de la misión, Pélope recurrió a Poseidón, su antiguo amante, y le pidió ayuda. No podía fallarle el dios, y no le falló, pues le envió un carro alado, hecho de oro, que podía correr por encima de las olas sin mojarse y del cual tiraba un tronco de caballos alados, incansables e inmortales. Claro que, aún así, Pélope no las tenía todas consigo y, después de pensar mucho en ello, concluyó que una cierta ayuda por parte de Mirtilo tampoco le vendría mal. Para conseguir esa colaboración, y sabiendo que Mirtilo estaba silenciosamente enamorado de Hipodamía, le prometió que si conseguía la victoria, y por tanto la muchacha, le dejaría pasar la noche de bodas con ella.

Mirtilo, que no había podido resistir la oferta, preparó cuidadosamente el carro de Enomao, si bien, simulando engrasarlo, sustituyó las cuñas de sujeción de las ruedas por cera de abeja con la esperanza de que al calentarse el eje con el rozamiento se derritiera ésta y, dejando salir la rueda, provocara un accidente. Y así fue: poco después de comenzar la carrera, en la primera curva, la rueda exterior se salió como Mirtilo había previsto, el carro se rompió y, aunque el auriga pudo salvarse saltando del mismo, Enomao quedó enredado en los restos y murió arrastrado por los caballos. Pero antes de morir tuvo tiempo de maldecir a Mirtilo por su traición y de rogar a los dioses que le hicieran morir a manos de Pélope.

Terminada la prueba con el triunfo del pretendiente, Mirtilo reclamó su derecho a pasar esa primera noche con Hipodamía a lo que Pélope no dijo nada. Mas, horas más tarde, cuando ambos abandonaban Olimpia en compañía de la muchacha recién conquistada, en un momento en que Mirtilo estaba distraído, Pélope propinó una fuerte patada al hijo de Hermes y lo lanzó por un alto precipicio causándole la muerte. Así se cumplió la maldición de Enomao y comenzó otra, pues Mirtilo, antes de morir y ser convertido en la constelación del Auriga por su padre Hermes, maldijo a Pélope y a toda su descendencia.

Pélope, después de ser purificado del asesinato cometido, ocupó el trono de Elide dejado vacante por Enomao y, por su valor, su buen juicio y su riqueza fue envidiado en toda Grecia hasta tal punto que, por mutuo acuerdo, la gente comenzó a llamar Peloponeso a estas tierras que antes se llamaron Pelasgia.
 

sábado, 12 de junio de 2010

Y Zeus se hizo dios

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Zeus raptando a Ganímedes

jueves, 13 de mayo de 2010

Camino de Olimpia: Élide

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Élide (foto jct)

Y seguimos avanzando parsimoniosos. A nuestra derecha sigue el amplio mar Jónico, hoy azul y calmo, que se extiende hasta fundirse con el horizonte; y a nuestra izquierda pequeñas ondulaciones de terrenos resecos en los que, de cuando en cuando, pasta alguna oveja o cabra; más allá, continúa la legendaria cadena del Erimanto elevándose altiva hasta el cielo. El Sol, tirado por los alados corceles Lampo y Faetonte, camina cansino hacia lo alto de la bóveda celeste, la carretera reverbera bajo el abrumador derroche de luz y de calor y las chicharras trabajan a destajo como temiendo un final prematuro de este verano griego. Es casi mediodía y, bañados en sudor, seguimos nuestro camino hacia Olimpia, la antigua capital de Elide.

Heracles limpiando los establos de Augias

Tiempo después de que Heracles cazara al famoso jabalídel Erimanto, recibió de Euristeo el encargo de limpiar las cuadras del rey Augias. Este rey de Elide poseía un numerosísimo rebaño vacuno que guardaba en unos establos que no había limpiado jamás. El olor despedido por los excrementos de los animales era tal que llegaba a las regiones vecinas, y sus habitantes se quejaban de tener que respirar tal pestilencia. Cuando Heracles llegó para cumplir con su trabajo, el quinto de los encomendados por Euristeo, Augias le retó a limpiarlos en un solo día. En caso de hacerlo así, se comprometió a abonarle como recompensa una parte del propio ganado.

Tanto Euristeo como Augias se regocijaban imaginándose al gran Heracles transportando en cestos todo aquel estiércol pestilente, pero Heracles, bien solo o bien ayudado por su sobrino Yolao, decidió desviar el curso del río Alfeo, el mismo que transcurre plácido por Olimpia, para que, pasando a través de los establos, arrastrara toda la hediondez acumulada. Y lo hizo todo tan deprisa que cuando el sol quería ocultarse por Occidente ya él había terminado su encargo. Se fue entonces en busca de Augias para recoger lo prometido, la décima parte del ganado, pero éste, arrepentido de la promesa realizada, se limitó a decir que no se merecía pago alguno pues no había sido él quien había realizado el trabajo sino los mismos dioses fluviales.

Todavía encolerizado por la rotura de las promesas realizadas por Augias, Heracles llegó junto al rey Euristeo y éste, para colmo, se negó a considerar lo efectuado como uno de los trabajos que debía realizar para él pues lo había ejecutado pagado por Augias.

Años más tarde, cuando Heracles terminó los trabajos que debía realizar para Euristeo, se acordó del trato recibido en Elide y, reclutando un importante ejército de arcadios, declaró la guerra al rey Augias. Neleo, entonces rey de Pilos, ayudó a los eleos y, ciertamente, ésta no fue una de las acciones más brillantes de Heracles pues su ejército, derrotado, huyó vergonzosamente del campo de batalla.

Llegados a Pirgos, la actual capital de la región, la carretera se divide y mientras un ramal continúa hacia el Sur sin separarse de la costa, el otro se adentra hacia Olimpia y llega hasta Tripoli después de cruzar toda la Arcadia. Pirgos es una ciudad provinciana sin más interés que el de su proximidad a la celebérrima Olimpia por lo que sólo nos detenemos lo indispensable para una pequeña visita médica (un impétigo impertinente que atacó a Fernando) y continuamos viaje hasta la ciudad de los juegos.

Un impétigo impertinente

Es ya más de media tarde. Un amplio aparcamiento, entre las olímpicas ruinas y el museo que guarda los restos más hermosos, nos acoge y, como la hora ya no es propicia para otra cosa, preparamos la visita del día siguiente, nos tomamos un café y adecuamos nuestra mente al mítico entorno.

Salmoneo y Sísifo eran hijos de Eolo, y cuando éste murió ambos se disputaron el trono de Tesalia. En un principio, la victoria fue para Salmoneo, pero, más tarde, a causa de las oscuras maniobras realizadas por su hermano Sísifo (ver Sísifo, en Corinto) Salmoneo fue expulsado del trono por su propio pueblo y tuvo que huir con una pequeña colonia eolia hasta esta región de Elide. Aquí construyó la ciudad de Salmone e intentó igualarse al propio Zeus, lo que disgustó mucho a su pueblo.

Salmoneo se construyó numerosos altares y transfirió a ellos los sacrificios que antes se dedicaban a Zeus. Es más, intentando competir con el padre de los dioses, pretendía ser capaz de provocar la lluvia, y para ello recorría las calles de Salmone arrastrando calderos y cadenas que simulaban el trueno al tiempo que lanzaba antorchas encendidas como si fueran auténticos rayos. Pero un día, Zeus, encolerizado por tamaña farsa, le lanzó un rayo de verdad que lo destruyó a él y a toda la ciudad

Hija de Salmoneo fue Tiro, la madre de Neleo y abuela de Néstor, pero de ellos hablaremos más adelante, al llegar a Pilos.

Mientras Mariló y yo saboreábamos el ardiente café recién preparado, los niños se conformaban con una "cola" fría, lo que parecía más apropiado para un cálido día de Agosto como el que nos ocupa. Alrededor de la pequeña mesa de cámping, instalada bajo los umbrosos plátanos del aparcamiento, releíamos una y otra vez las variadas guías de que íbamos provistos y charlábamos sobre la última lectura.

- A mi el mito de Salmoneo me parece una tontería - dice Fernando - es una chorrada como un pino...

- No, no, verás... Yo creo que es un mito fundamental. Nos informa de la magia que utilizaban para provocar la lluvia, nos dice que esa magia era realizada por el mismo rey y, lo que es más importante, nos insinúa que, en un principio, Zeus y el rey eran identificables, eran la misma persona, es decir, zeus era un simple tratamiento real...

- Ya. Si empezamos a inventar... - dice Pablo.

- ¿Recuerdas la frase de Graves que comentábamos el otro día "y los cretenses, que son unos mentirosos, decían que Zeus moría y resucitaba cada año"? ¿Sí, verdad? ¿Y no crees que también ahí se está identificando a Zeus con un mortal? Quédate con esta idea: en principio no había dioses sino diosas, pero luego vinieron los aqueos, cuyos reyes se llamaban zeus, y se casaron con las diosas pelasgas, o, mejor, con sus sacerdotisas... Y ya los varones fueron los auténticos dioses: el patriarcado acababa de imponerse al matriarcado.

- Muy bonito. Pero, ahí no dice eso...

- Hombre, hacen falta muchos mitos para poder elaborar una idea. Espera y verás...

Era ya de noche. Recogimos nuestros trastos y subimos al Alfiós, un cámping encaramado en lo alto del pueblo, en un pequeño otero que el Cladeo, por el Este, separa de la colina de Cronos; mientras por el Sur, un Alfeo al que ya se han unido las aguas del Cladeo, se extiende en un ancho y fértil valle. La luna llena de Agosto lo bañaba todo de plata y la piscina, iluminada desde el fondo por suaves luces de color azul turquesa, parecía mágica. Un baño así no se olvida fácilmente. Y, ¡cómo no!, el tiempo acaba convirtiéndolo... en mito.

domingo, 2 de mayo de 2010

Camino de Olimpia: Acaya

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Heracles y el jabalí del Erimantos

En cuanto nos alejamos unos kilómetros de Patras, la circulación disminuye y la carretera se aproxima hasta el borde del mar azul. A nuestra izquierda, las suaves montañas aqueas, unos picos arcaicos redondeados por la erosión, se cubren de una vegetación pobre de color verde aceituna, salpicada aquí y allá por bajos y rechonchos pinos y algún que otro plátano. Unas granjas agrícolas con aspecto empobrecido se asoman a la carretera mientras, por nuestra derecha, el mar carcome los pequeños acantilados sin formar siquiera una mínima playa. Un tanto desilusionados por la visión, tan alejada de la poesía publicitaria al uso, continuamos nuestra ruta hacia tierras más acogedoras.

La provincia de Acaya que recorremos, debe su nombre a Aqueo, un hijo de Lápato, rey peloponeso que repartió su reino entre los dos hijos que tenía. Tocóle a Aqueo esta parte Norte, mientras que a Lacón, el otro hijo, le correspondió la región Sur, región que tomó su nombre y pasó a llamarse Laconia.

 
Pasado Kato, la carretera se aleja de la costa dejando entremedias una pequeña y fértil llanura y se aproxima a la mítica cadena montañosa que lleva el nombre de Erimantos, el hijo de Apolo al que Afrodita había cegado por haberla sorprendido con Adonis en el baño. El paisaje sigue siendo monótono y el tráfico va disminuyendo. Es momento de recordar aquel famoso jabalí:

Como es sabido, Heracles había cometido un aborrecible asesinato por lo que recurrió al consejo del oráculo de Delfos en busca de la paz interior. Y por recomendación de éste, Heracles hubo de ponerse al servicio del rey Euristeo de Tirinto quien, pretendiendo deshacerse de él, le encargó doce difíciles trabajos. Uno de estos trabajos, probablemente el tercero, consistió en cazar un enorme jabalí que vivía en estas montañas del Erimanto y llevárselo vivo a Euristeo. El jabalí, dotado de unos inmensos colmillos, era sumamente peligroso por lo que Heracles, en vez de atacarlo directamente, lo persiguió durante días y días con el objetivo de agotarlo. En la larga persecución, lo empujó hacia las altas cumbres donde la nieve hacía más difícil la carrera y allí, ya totalmente debilitado, el héroe saltó sobre el lomo del animal, lo dominó y apresó. Heracles, después de atarlo con cadenas, partió hacia su tierra y llegó a Micenas con el jabalí a hombros: ¡había que ver a Euristeo asustado escondido en un caldero de bronce...!, tal era el terror que le producía el animal.

domingo, 25 de abril de 2010

Camino de Olimpia: El Peloponeso

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Hoy, un moderno puente sustituye al transbordador

La barcaza que cruza el estrecho, entre el golfo de Patras y el de Corinto, acaba de dejarnos en la Morea(1), como la llamaron los cruzados, o Pelasgia(2), como la llamaban los griegos predorios, o Peloponeso (isla de Pelope) como es más conocida actualmente. Sin embargo, y a pesar del nombre, el Peloponeso no fue una auténtica isla hasta hace bien poco, hasta que, con la excavación del canal corintio, se rompió el nexo que la mantenía unida al continente.


Pélope era hijo del frigio Tántalo, un humano tan amigo de los dioses que era invitado de continuo a sus suntuosos banquetes. Pero Tántalo, después de haber robado néctar y ambrosía de las despensas del Olimpo, quiso hacerse perdonar por los inmortales mediante la celebración de un fastuoso banquete al que los invitó a todos. Las deidades aceptaron gustosas la invitación, deseosas como estaban de zanjar el enojoso incidente, pero Tántalo, en su afán por agradar, no se le ocurrió sino servirles un sabroso guiso cocinado con la carne de su propio hijo Pélope.

La omnisciencia de los dioses hizo que se dieran cuenta del tipo de vianda que se les servía y que la rehusaron de inmediato, todos menos Deméter quien, abstraída por el dolor de la pérdida de su hija Perséfone, comió inadvertidamente de la carne de la paletilla izquierda. El enfado de los dioses fue monumental e impusieron a Tántalo un castigo ejemplar: hoy yace en lo más profundo del Tártaro, inmerso en agua hasta la cintura y rodeado de espléndidos árboles frutales, pero sin que pueda aplacar su sed ni saciar su hambre pues, en cuanto lo intenta, la tierra absorbe el agua que lo rodea y el viento retira las ramas cargadas de olorosa fruta.

En cuanto al desdichado Pélope, sus trozos fueron recogidos con cuidado y hervidos nuevamente en una caldera de regeneración; pero su paletilla izquierda, la que Deméter había comido inconscientemente, tuvo que ser sustituida por otra equivalente fabricada de marfil. De esta manera, Pélope pudo renacer tan hermoso y radiante que Poseidón, nada más verlo, se enamoró locamente de él, lo colmó de regalos (entre ellos unos maravillosos caballos) y lo llevó consigo al Olimpo.


Dado que el pequeño puerto de Río, por el que hemos entrado en el Peloponeso, es, como casi todos los puertos del mundo, feo y enervante, salimos sin dilación hacia la carretera principal que ha de llevarnos hacia el Sur. Tampoco nos detenemos en Patras, una ciudad moderna sin especial interés (guía dixit) pues deseamos llegar cuanto antes a una zona en que poder sentir esas sensaciones que los folletos turísticos nos describen:
 
Tierra peloponesa. Imágenes y música. Olores del mar, de la montaña, de la vendimia, de aceitunas y cítricos. Lugar mágico en el que cada rincón trae a la memoria algún mito. Ciudades, villas, balnearios. Centros importantes desde la antigüedad hasta la actualidad. Pueblos encajados en las rocas grises, en las rudas piedras, al lado de hostiles "aspalatos". Pueblos junto al mar. El mar infinito. Gentes vivaces, hospitalarias, orgullosas y altivas. (Folleto OTE).
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1.- La llamaron Morea por  su forma similar a una hoja de morera, aunque, en realidad, más parece una mano con sus dedos extendidos.
2.- En honor de Pelasgo, su rey mítico.

domingo, 11 de abril de 2010

El jabalí de Calidón

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La caza del jabalí. Sarcófago romano.

De las ciudades míticas, Calidón fue una de las más conocidas e importantes. Pero hoy, de Calidón no queda nada, sólo un nombre perdido, entre otros miles, en los mapas de carreteras detallados; en los otros, ni eso. Y si embargo, por aquí pasaron muchos, muchos héroes helenos.

Calidón, la famosa ciudad etolia, debe su nombre a Calidón, el hijo de Etolo, quien había conquistado estas tierras al vencer a los brutales dorios. Entre sus descendientes se encuentra Eneo quien se hizo tristemente famoso al olvidarse de hacer los sacrificios debidos a la diosa Artemisa y enviar ésta, como castigo, un terrible jabalí que arrasaba las tierras y diezmaba los rebaños. La situación se hizo insostenible por lo que Eneo despachó heraldos a todas las partes de Grecia para que invitaran a lo guerreros más valientes a una cacería singular que pudiera librarles del gigantesco animal.


Entre los héroes que respondieron a la invitación destacaban los hermanos Cástor y Polideuces de Esparta; Teseo de Atenas; Jasón el Argonauta de Yolco; Néstor Nelida de Pilos; Ificles, el hermano de Heracles, de Tebas; Peleo, el padre de Aquiles, de Ftia; Anfiarao de Argos; Telamón, padre de Ayax el grande, de Salamina; Ceneo de Magnesia; los hermanos Idas y Linceo de Mesenia y Anceo de Arcadia. A ellos se les sumó la casta Atalanta, la de los pies rápidos, criada por una osa en un monte próximo a Calidón, y Meleagro, hijo del propio Eneo. La caza prometía ser difícil y reñida dadas las rivalidades existentes entre los distintos participantes y el descontento de los hombres por tener que competir con una mujer, y así fue.

El jabalí apareció de improviso y, sin tiempo para reaccionar, mató a dos de los cazadores y arremetió tan fuerte contra los demás que el valiente Néstor hubo de huir cobardemente subiéndose a un árbol. Los cazadores fueron arrojando sus lanzas sin éxito salvo Ificles que, al menos, consiguió rozar a la fiera. Tuvo que ser Atalanta, para disgusto de los varones, la que hiriera al animal con una flecha certera... pero éstos despreciaron la acción por considerar el uso del arco como propio de cobardes. Sin embargo, como la fiera ya estaba herida, Meleagro consiguió traspasarla con su lanza llevándose todos los honores...

Pero lo cierto era que, durante la cacería, Meleagro se había enamorado de Atalanta por lo que desolló el jabalí y le ofreció la piel a ella diciendo: tú ya habías herido al animal y si lo hubiéramos dejado solo pronto habría muerto. Esto irritó a los presentes y especialmente a dos de sus tíos, hermanos de su madre, quienes, al renunciar Meleagro, se creían con derecho a los honores. La confrontación fue inevitable y, tras una cruenta batalla entre los partidarios de uno y otros, los hermanos de Altea (la madre de Meleagro) cayeron muertos por la espada de su sobrino.

              Meleagro
Tiempo atrás, cuando Meleagro era aún pequeño, las Parcas se aparecieron a su madre Altea, la hermana de Leda, y le informaron que su hijo sólo viviría hasta que acabara de consumirse el último de los tizones que ardían en su hogar. En cuanto supo esto, tomó el mayor de los tizones, lo apagó con agua y lo ocultó para que, al no poder consumirse, la vida de su hijo no corriera peligro. Pero, ahora, después de la muerte de sus dos hermanos, Altea estaba furiosa y, aconsejada por las Furias, tomó el tizón que mantenía escondido y lo arrojó al fuego para que acabara de consumirse. Cuando esto hubo ocurrido, Meleagro sintió que se le quemaban las entrañas y se quedó sin fuerzas, de modo que sus enemigos lo vencieron fácilmente y lo mataron. Su madre, avergonzada por lo que había hecho, se ahorcó, y Atalanta, vuelta a su casa, hubo de enfrentarse con las pretensiones de su padre Yaso para que tomara marido...

Yaso había abandonado a su hija Atalanta, nada más nacer ésta, en un monte próximo, con la pretensión de que muriera, pues él deseaba fervientemente tener un varón. Pero Artemisa protegió a la pequeña y envió una osa que la amamantó y cuidó. Ahora Atalanta regresaba a la casa paterna con la esperanza de reconciliarse, mas su padre, en cuanto la reconoció, se dirigió a ella y le exigió que tomara marido a lo que Atalanta se opuso por fidelidad a Artemisa. Ante la insistencia de su padre, y deseando no enemistarse más con él, decidió aceptar la propuesta con la condición de que todo pretendiente se enfrentara previamente con ella en una carrera pedestre y caso de vencer, ella aceptaría tomarlo como marido, pero, si vencía ella, él debería morir para pagar su osadía. Yaso aceptó la condición impuesta por su hija, y muchos fueron los adalides que pagaron con sus vidas el atrevimiento de enfrentarse a la de los pies ligeros, tantos que la noticia alcanzó los lugares más recónditos de Grecia llegando, incluso, a la remota Arcadia.

El arcadio Melanión, hijo de Anfidamante, pretendía también a la veloz hija de Yaso, mas, informado de la suerte de los que le habían precedido, decidió encomendarse a Afrodita, diosa a la que solía molestar la insolencia de quienes renunciaban voluntariamente al matrimonio. Y acertó, pues la diosa le escuchó con muestras de reprobar la negativa de Atalanta a tomar marido y, cuando él hubo terminado de hablar, ella tomó tres manzanas de oro y le dijo:

- Toma, y acepta el desafío. Luego, durante la carrera, deja caer una tras otra las manzanas porque Atalanta, mujer al fin, no podrá resistirse a su belleza y se detendrá a recogerlas. Esa es tu oportunidad para vencer.

Atalanta recogiendo las manzanas

Así lo hizo Melanión y, con tal estratagema, alcanzó la victoria. Pero la boda no les proporcionó la felicidad pues Artemisa, dolida por la infidelidad de Atalanta, les indujo a acostarse en el recinto de un templo dedicado al padre Zeus y éste, iracundo por tal profanación, convirtió a ambos en una pareja de leones.

El puente Rio Antirrio

El repaso a los héroes calidonianos hizo que el recorrido hasta Antirrío se nos hiciera corto, muy corto. Así que el pequeño puerto del que parten los ferrys que hacen el transbordo hasta el Peloponeso se apareció ante nosotros por sorpresa y, sin darnos siquiera cuenta, estábamos inmersos en la enorme marabunta que se forma en Grecia a la hora de subir a cualquier barco. De todas partes llegaban vehículos que, al tener que ponerse en una sola fila, organizaban el correspondiente desorden. Por si fuera poco, mientras unos intentaban dar la vuelta a sus coches, para, entrando marcha atrás, poder luego salir con facilidad, otros avanzaba ansiosos impidiendo a los primeros completar su tarea. Es necesaria una buena dosis de paciencia para conseguir embarcar aunque, después de los numerosos insultos, todo el mundo sonríe de forma relajada. Y si el agua de las discusiones no llega al río, digamos que nosotros sí, nosotros en un santiamén pasamos de Antirrío a Río y, con bastante menos follón que al embarque, tomamos tierra en el Peloponeso.