Petrobey Mavromichalis
El camino desde Kotronas a Githio lo
hicimos vía Areopoli. Ello nos permitió disfrutar nuevamente de su maravillosa
plaza y de sus abarrotadas terrazas donde, observados de cerca por la blanca
estatua de Petrobey Mavromikalis, aprovechamos para tomar un agradable
aperitivo. Desde allí una carretera estrecha, pero bien pavimentada, cruza un
suave puerto sobre el Taigetos y accede a la llana franja litoral que bordea el
golfo de Laconia.
Lacón era hermano de Aqueo y ambos
hijos de Lápato, un rey arcadio que a su muerte repartió el reino entre los dos
hijos: la parte Norte correspondió a Aqueo, y se llamó Acaya en recuerdo suyo,
mientras que la parte Sur correspondió a Lacón, y ahora lleva su nombre:
Laconia.
Unos kilómetros antes de llegar a Githio,
la carretera cruza una zona de marismas que una playa de fina arena separa del mar. Es la zona de los
cámpings: uno, dos, tres... y entramos. Había llovido mucho, sin duda, y todo
estaba inundado. Los campistas ponían a secar sus húmedas pertenencias e
intentaban eliminar el barro de la entrada de sus tiendas; un camión bomba
aspiraba los últimos restos de lodo de una profunda zanja y el Sol, colaborando
en lo que podía, calentaba con fuerza en un intento por dejar todo nuevamente
seco. Y nosotros no nos asustamos (las aguas no podían subir mucho pues el mar
estaba al lado) y aparcamos nuestra autocaravana en pleno barrizal.
No nos arrepentimos de nada, y la
estupenda playa nos hizo felices durante las pocas horas que pudimos
disfrutarla.
El golfo de Laconia, en el Peloponeso |
Githio.
Al parecer, Heracles tenía muy “malas
pulgas” y se encolerizaba con facilidad; por eso no es de extrañar que
cometiera más de un asesinato inexplicable. Y uno de estos fue el de Ifito, el
buen hijo del rey de Ecalia Melanio. Se decía que Autolico, el famoso ladrón,
había robado unos bueyes de Melanio, y lo había dispuesto todo de tal manera
que todas las pruebas conducían a sospechar que el robo había sido cometido por
Heracles. Fue entonces Ifito a visitarle a Tirinto para comprobar la veracidad
de tal suposición, y aunque no le dijo nada, Heracles se dio cuenta de que Ifito sospechaba de él. Subióle, pues, a lo alto de una torre y le mostró todas las vacadas que había en derredor, y le preguntó:
- ¿Acaso alguno de esos bueyes es
tuyo?
- Ciertamente, no. -Contestó Ifito.
- Entonces, ¿por qué me acusas en tu
mente?
Y, al tiempo que hacía la pregunta,
daba un empujón a Ifito y lo tiraba desde la torre causándole la muerte.
Después de este asesinato, Heracles se
sintió culpable y tenía pesadillas
nocturnas, por lo que decidió visitar a Neleo, en Pilos, para que lo
purificara. Pero Neleo, que era amigo de Melanio y se negó. Ante esta
situación, Heracles decidió viajar hasta Delfos y preguntar al oráculo de Apolo
qué debía hacer para tranquilizar su conciencia. La pitonisa escuchó
atentamente su pregunta y contestó:
- Asesinaste a un huésped y yo no tengo oráculos para los
que son como tú.
- Bien, -dijo Heracles- en ese caso me
veré obligado a instituir un oráculo propio...
Y arrancando el trípode en que se
sentaba la pitonisa, se marchó con él. El asunto era muy serio pues, como es
sabido, Apolo no permitía la menor ofensa a cualquiera de sus pitonisas, y, al
menos aparentemente, Heracles tenía motivos para sentirse molesto por el
tratamiento recibido. Así pues, la lucha fue inevitable y Apolo y Heracles
lucharon noblemente sin que ninguno de ellos prevaleciera. Finalmente, tuvo que
ser Zeus quien los separara con un rayo, y ellos cortésmente, aceptaron el
veredicto y se dieron cordialmente la mano. En señal de reconciliación, ambos
fundaron la ciudad de Githio, en cuya plaza ahora se hallan juntas las imágenes
de ambos.
Por supuesto que, después de la
reconciliación, la pitonisa ya no tuvo inconveniente en emitir su oráculo: en
él se condenó a Heracles a servir como esclavo, y durante un año, a la reina
Onfale de Lidia.
Hoy Githio es un pequeño centro turístico
sin ninguna conexión con el pasado. Su aspecto decadente y sus bellas playas
atraen a numerosos turistas alemanes y franceses. Su islita de Maratonisi queda
como recuerdo de una noche de amor hace ya mucho, mucho tiempo.
La primera noche.
Prometeo anunció que el hijo que
tuviera la nereida Tetis, cualquiera que fuera su padre, sería más poderoso que
él, lo cual, como es lógico, ahuyentó de inmediato a sus pretendientes divinos
que no deseaban verse destronados por un descendiente más poderoso que ellos.
Ante tal situación, Zeus, Poseidón y los demás dioses tuvieron que buscar a un
mortal que aceptara casarse con ella. Y es aquí donde aparece Peleo como el hombre dispuesto a
aceptar a ese hijo más poderoso que su padre (parece ser que la voluntad de la
propia Tetis no fue tenida muy en cuenta).
Para compensar la afrenta, los dioses
olímpicos decidieron asistir a la boda que iba a celebrarse en el monte Pelión,
pero, al repartir las invitaciones, voluntaria o involuntariamente, se
olvidaron de Eride, la Discordia.
Todos se vistieron con sus mejores galas comprendiendo que aquella era una
ocasión única para lucir sus palmitos,
pues tampoco los dioses tienen demasiadas ocasiones para exhibirse. ¡Había que
ver los hermosos trajes de Hera, y
de Afrodita, y qué decir del de Atenea! Las tres se sentían reinas
indiscutibles de la belleza. Cada una, mirando de soslayo a sus rivales, daba
muestras, no obstante, de seguridad en sí misma desafiando con su porte y su
andar a las demás.
La Discordia, mientras tanto, sufría su
fracaso observando desde lejos la reunión. Pero no estaba dispuesta a pasar
desapercibida. Y aquella rivalidad entre las más bellas le dio una idea
brillante: cuando más distraídas estaban las tres diosas, lanzó una hermosa
manzana de oro con una dedicatoria que decía
para la más bella. Ni que decir tiene que las tres diosas intentaron
cogerla creyendo, cada una, ser su indiscutible destinataria. Así la discordia
estaba servida. Ante el cariz que tomaba el asunto, Hermes avisó rápidamente a Zeus, pero el del poderoso rayo temió
inmiscuirse en un asunto de mujeres y dio una opinión poco comprometida
afirmando que las tres estaban igualmente bellas. Por supuesto que tal opinión
dejó insatisfecha a cada una de las diosas. Acordáronse, entonces, de que en el
monte Ida, cerca de Troya, había sido abandonado un niño pequeño y que, criado
por los animales salvajes, era perfectamente inocente y nunca osaría mentir.
Bueno sería llamarlo y que él emitiera juicio
.
Cuando, veloces como sólo los dioses
pueden serlo, llegaron con Paris,
que así se llamaba el jovencito, a donde se celebraba la reunión, la tensión
era máxima. Hermes, convertido en maestro de ceremonias del divinal concurso,
mandó que se retirara todo el mundo para no influir sobre el muchacho, luego le
explicó qué se esperaba de él y le deseó suerte. Paris, sin darse cuenta de la
trascendencia del juicio que iba a fallar, estaba muy tranquilo.
- Y bien, ¿debo observar a las tres
juntas o, mejor, una a una, por separado? -preguntó Paris a Hermes.
- Como prefieras -replicó Hermes.
- Bien, lo haré por separado -comentó
Paris, y guiñando un ojo continuó- ¿Y debo observarlas tal como están o sería
prudente, tal vez, pedirles que se desnudaran?
Hermes se sorprendió un poco de lo
espabilado que parecía el muchacho pero, no queriendo inmiscuirse, dejó que él
mismo eligiera como debería ser el concurso. Y Paris, digamos que no queriendo
dejarse influir por las vestiduras, optó por la total desnudez de las diosas. Y
así, una vez aclarado todo, sólo quedaba comenzar.
Fue la primera la poderosa mujer de
Zeus, la nívea Hera cuya belleza y porte eran proverbiales. Aunque la diosa estaba
convencida de su victoria pensó que nunca estaba de más asegurarse, así que,
sin rodeos inútiles, le prometió a Paris convertirlo en el más poderoso rey de
la tierra. Paris se quedó impresionado por la belleza mostrada por Hera y
también por su ofrecimiento, pero aunque joven, no se precipitó a emitir
juicio.
En segundo lugar se presentó la invicta
Atenea, altiva y desafiante. También ella estaba segura de su victoria, no
obstante, y por si acaso, ofreció al joven convertirlo en guerrero invencible e
inmortal. Paris tomó buena nota, y la oferta le sedujo especialmente, tanto que
ya casi tenía tomada la decisión...
Pero faltaba la rubia Afrodita. Las
airadas protestas de Hera y Atenea hicieron reaccionar a Paris, y es que
Afrodita se presentaba con su famoso ceñidor, lo que la hacía totalmente
irresistible. Hubo un momento de tensión... hasta que intervino Hermes calmando
a las diosas. Y tras una intensa deliberación, finalmente, Afrodita aceptó
quitarse el ceñidor: Atenea y Hera respiraron. Entonces, ya a solas, Afrodita
decidió propiciar al máximo al jovencito, y le dijo:
- Si me eliges a mí no habrá mujer
sobre la tierra que se te resista. Podrás tener a la más bella del mundo.
Paris pensó por un momento, y luego
dijo:
- Bien, ¿y cuál es la mujer más bella
del mundo?
- Sin ninguna duda, -contestó la diosa-
la rubia Helena, la mujer del
lacedemonio Menelao.
- ¿Y será mía?
- Por supuesto.
Y ahí terminó el juicio. Y así comenzó
una guerra...
...Pues, abandonados sus queridos
bueyes, fuese Paris a Esparta a cobrar su trofeo, y allí encontró a Helena. ¿Se
cumplió lo prometido por Afrodita? ¿La raptó Paris? Decía el poeta:
A Helena, sabia como era, un boyero
raptóla
¿o ella más bien al boyero raptó con sus
besos?
Sea como fuere, ambos salieron de Esparta y
llegaron hasta aquí, hasta la isla de Cránae (actual Maratonisi)(1) donde los amantes fueron sorprendidos por la noche, su primera
noche:
-No presumas ya más, satirillo, que un
beso no es nada.
-No será nada, pero hay gran deleite en
el darlo.
-Me lavo la boca y escupo ese beso
enseguida...
-¿Te lavas la boca? Pues trae que de
nuevo te bese.
-Besa mejor a tus chotos, que yo no soy
muchacha soltera(2).
Y por la mañana, dándose a la vela
camino de Ilión, felices y enamorados:
Bogaban alegres...
cortando las salobres espumas con afilada
proa...(3)
Cuando Paris raptó a Helena no esperaba tener
que pagar el ultraje: ¿Habían sido los cretenses llamados a cuentas cuando
raptaron a Europa para Zeus? ¿Se les había pedido a los argonautas que pagasen
por el rapto de Medea en Cólquide? ¿O a
los atenienses por el rapto de la cretense Ariadna? ¿O a los tracios por el de
la ateniense Oritía? ¿Y qué decir de Hermíone, la propia hermana de Príamo?
Nos gustaba Githio, pero el tiempo se
había acabado. Y emprendimos nuestro camino hacia el Norte.
Pablo, mapa en
mano, todavía tuvo tiempo de preguntar:
- No entiendo. Homero dice que Helena y
Paris llegaron aquí navegando pero, si venían de Esparta, que está en el
interior, y éste es su puerto natural...
- Mira bien y verás que el Eurotas, el río
que pasa por Esparta, no desemboca en Githio, sino unos veinte kilómetros más
al Este. ¿Quién te dice a ti que el viaje no se hacía, entonces, bordeando el
río? Seguramente habrían dejado allí el barco y luego navegaron siguiendo la costa...
- Ya, hacia el Oeste, ¿no? Pero papi, tú
sabes donde queda Troya?
No contesté, pero me quedé pensando...
1.- Dice Paris a Helena, recordando tiempos mejores: ...después de robarte, partimos de la amena Lacedemonia
en las naves que atraviesan el ponto, y llegamos a la isla de Cránae, donde me
unió contigo amoroso consorcio. Ilíada III.428
2.- Idilios. Teócrito de Siracusa. Alianza Editorial.
3.- La Eneida. Virgilio Maro.
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